Andalucía

Hace unos días, durante una conferencia en torno al conflicto en Siria, un profesor de ciencias de la información nos hablaba de la “necesidad” de diferenciar “Historias” e “historias”. Tras este llamativo titular, soltó un sentido alegato en defensa de la objetividad de una única historia legítima, capaz – al menos en teoría- de revelar la verdad del suceso. La conferencia prosiguió con un ataque hacia aquellos que hablan de contar la “historia de personas”, un ejercicio absurdo en opinión del docente en cuestión. No puedo estar más en desacuerdo con todos sus argumentos.

 

Por Luis Benjamín Victoria Navas

Hoy amanece una Andalucía distinta, menos roja. Desde la derecha se celebra, con mirada codiciosa, la caída del PSOE (que pierde 14 escaños respecto a las pasadas autonómicas de 2015), el ascenso de Ciudadanos (que suma 12 escaños, alzándose como tercera fuerza política con 21 diputados en la cámara andaluza), la irrupción de la extrema derecha (que pasa de la ignominia a conformar un grupo parlamentario propio, con 12 escaños) y la resiliencia de un PP, que celebra como propio el auge de VOX y ciudadanos. Unos instantes han sido suficientes para tomar conciencia de todo lo que anoche se puso en riesgo. Al amanecer, nuestra tierra se tambaleaba bajo el terror a una ideología capaz de derrumbar las columnas de Hércules directamente sobre nuestras cabezas.

El análisis de unos y de otros dista mucho de coincidir. Desde Podemos llaman a las bases a movilizarse, a tomar las calles bajo proclamas antifascistas. La realidad no es objetiva, es experiencial, y la síntesis de dicha experiencia se palpaba anoche en la cara de todos los líderes andaluces. El discurso de Pablo Iglesias resultaba comprensible, pero la mirada de Alberto Garzón resultaba bastante más elocuente, hablaba de alguien que lo siente y experimenta, era la mirada de un malagueño de izquierdas que se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí.

La realidad formal, los resultados electorales, tienen muchas y diversas explicaciones, desde aquellas más centradas en la baja participación, hasta unas narrativas más extensas, en las que se nos habla de decepción con la gestión de las políticas públicas, pero la “Historia” (con mayúsculas) nos cuenta poco más al respecto. Mi primera sensación, al escuchar los resultados, fue de incomprensión, seguida de miedo y más incomprensión.

En menos de un segundo, pasaron por mi mente recuerdos de mi instituto en Granada, de la diversidad, del aire que se respiraba durante el 15M. El levantamiento, las manifestaciones, las sonrisas discretas en pubs de ambiente, los aromas del Sacromonte, las tapas de la Chana, el amanecer en el Albaicín, el anochecer de la Alcaicería. La historia de mi tierra está marcada por políticas payas en lengua calé, catedrales cristianas protegidas por gárgolas medievales y mezquitas musulmanas dibujadas por la pluma de los Omeya.

En mi tierra cayeron las lágrimas de Boabdil el chico, descansa la sangre de los nazaríes, la carne de los reyes católicos y el gato negro de la Alhambra. Mi tierra es almizcle y goma arábiga, el aliento del mar furibundo en tardes de terral, espetos, piononos, cerveza y música, palabras encarnadas en libros prohibidos durante décadas, anarquía y hachís, copla y flamenco, velos y cruces. Mi tierra puede ser muchas cosas, y llegará a ser muchas cosas nuevas, pero “fascista” nunca formará parte de la lista.